Tuesday, September 04, 2007

Yo sí soy calderonista

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Pienso que Calderón es bueno. Dice la verdad. Habla de verdades y uno puede vislumbrar su sinceridad. No ha habido simplemente otro como él. No sabe mentir. No sabe jugar con las ánimas de los pueblos así como así.

Por Karla Valenzuela

Yo pienso que Calderón es bueno. Dice la verdad. Habla de verdades y uno puede vislumbrar su sinceridad. No ha habido simplemente otro como él. No sabe mentir. No sabe jugar con las ánimas de los pueblos así como así. No sabe de maldades, pues, eso es todo.

Calderón es simplemente uno de los mejores personajes de nuestra historia: Su amor por la vida, su interminable pasión por la justicia y su afinidad indiscutible hacia el arte lo hacen ser uno de los hombres más inolvidables.

Lo acepto. Los que me conocen saben que antes yo no estaba para nada convencida de que Calderón tuviera siquiera un milímetro de razón. Simple y sencillamente me fastidiaba, me aburría y hasta me daba coraje de que muchas de las personas que yo conozco y que considero inteligentes lo vieran como toda una institución, como un parteaguas, un antes y después en el mundo.

Lo acepto. Nunca fui calderonista, ni siquiera fui de ésas que lo nombrara alguna vez de buena manera. Sencillamente su propuesta parecía no aportarme mucho, no dejarme absolutamente nada que me sirviera para caminar por rumbos más claros por este destino mío.

Pero, amigo lector, hoy todo ha cambiado. Calderón ya no me resulta tan extraño. Es más, hasta casi lo he empezado a querer, a adorar su manera de pensar, esa manera que se vislumbra en lo que he visto sobre él, en lo que he visto que nos ha dejado a todos para la posteridad y que permanece sin que nada ni nadie pueda evitarlo ya.

Y es que cómo no amar sus versos, cómo no pensar que la literatura española, toda la literatura que tenemos, perdería algún sentido si no fuera por las ciento diez comedias y los ya no sé qué tantos autos sacramentales que este hombre, ahora sí que del buen decir, cuenta entre su trayectoria.

Él, a diferencia de otro que ostenta de vez en cuando en ceremonias cívicas un uniforme (que le queda muy mal, por cierto), sí fue un militar y obtuvo grandes méritos en su carrera, aún antes de convertirse en toda una celebridad de la culminación del Barroco.

Él sí sabe lo que es el honor, y lo pone al descubierto en El alcalde de Zalamea. Él sí cuestiona su tiempo, lo reconstruye, lo recrea.

Por eso, (y sin ninguna influencia del buen César Avilés) me declaro hoy mismo calderonista de hueso colorado.

Lástima que haya otros calderones que hagan precisamente lo contrario que Pedro Calderón de la Barca. Lástima que este Calderón que anda por ahí entregando informes a medias, dejando cabos sueltos de sus estrategias mal hechas por donde quiera que camina, no haya aprendido mucho del escritor español con el que comparte apellido. Pero en fin, aunque todo esto de México parezca una pesadilla a veces interminable, qué es la vida, la vida es sueño, y los sueños sueños son.

kvalenzuela@gmail.com

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